El golfo azul

Foto de Martha Solano.

Esta escena me recuerda mucho las pinturas de Alejandro Arostegui.
Foto de Martha Solano. Más en Flickr

Aquí abunda el azul en todos sus niveles. Su nombre oficial, Golfo de Fonseca, pero le empecé a llamar simplemente “el golfo”, el único al que he ido hasta ahora y del que regresé encantada.

Desde Managua, las casi seis horas de viaje se sienten un tanto extensas, sin embargo, el recorrido le suma puntos a la travesía una vez que se deja el empalme del volcán Cosigüina y se gira hacia el Puerto de Potosí sobre la trocha poco transitada, entre el polvasal que deja la frontera agrícola, las reses, los chanchos y los saltos por el vaivén del terreno.

Potosí es un pequeño poblado asentado a orillas del golfo, en la esquina noroeste del mapa de Nicaragua. Gente humilde. Ganaderos. Productores. Campesinos que despiertan temprano a barrer sus patios, quemar (lamentablemente) la basura, palmear tortillas… pero además es una zona de tránsito debido a que sus aguas son compartidas entre Nicaragua, Honduras y El Salvador.

Desde la costa se puede observar una embargación de la Fuerza Naval, que cada cierto tiempo navega esas aguas de todos los azules para vigilar que la calma del golfo no se interrumpa, que los pescadores nicas puedan faenar o quizás interceptar alguna embarcación narco, aunque esto no es tan frecuente como en el Caribe.

Potosí presta las condiciones necesarias para turistas poco exigentes. El restaurante Brisas del Golfo, un negocio que inició don Rafa y del que pueden encontrar más referencias aquí, ofrece el servicio de hospedaje en un ambiente seguro y casi familiar. El menú por su puesto incluye mariscos frescos y un riquísimo jugo de melocotón nica cultivado en el patio de la casa, entre otras opciones.

Ir a Potosí y no recorrer sus aguas sería un pecado. Hacerlo es fácil. Si se alojan en el mismo lugar que yo, don Rafa les puede servir de intermediario para conseguir una lancha. O bien, pueden caminar menos de un kilómetro para llegar al puerto de Potosí y ahí mismo contratar a un lanchero. Hay un rótulo enorme que les indica cómo llegar al puerto. No se van a perder, pero si sucede, no duden en preguntar. Los lugareños son muy amables.

En un viaje corto de tres horas pueden recorrer las rocas del Cosigüina y disfrutar de una vista maravillosa. Aves hay miles y en cuestión de minutos pueden pasar de ver todos el azul de las aguas a una escena de esas que suelen presentar los reportajes de National Geographic. O bien, con una simple roca en el medio del mar pueden recrear las pinturas de Alejandro Arostegui.

El sol ni se siente. La frescura del mar permite disfrutar de la vista de las montañas y volcanes de los países vecinos. Eso sí, no olviden llevar sus identificaciones. En cualquier momento la Naval puede interceptar sus lanchas para preguntar quiénes son y por qué están en el golfo. Este es un procedimiento rutinario.

Aunque su belleza es inmensa, el golfo no se ha explotado lo suficiente. Además del inmenso mar, posee aguas termales, farallones, una cantidad de aves que no sé si alguien se ha dado a la tarea de contabilizar, y paz, mucha paz.

¿Lo recomiendo? Claro que sí. Este es un lugar donde hay que ir más de una vez.

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2 comentarios en “El golfo azul

  1. Muy bueno su comentario esta bella parte de nuestra querida Nicaragua va hacer declarado por la unesco como reserva mundial para beneficio de los 3 paises,esto es lo que le gobierno estab gestionando mundialmente para tener un respaldo para las obras que se piensan hacer en el futuro…..gracias

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