Un terrible viaje en taxi

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Hoy tuve una de esas mañanas en las que uno se obliga a aceptar que se levantó con el pie izquierdo. Por prisa recurrí a tomar un taxi para llegar a tiempo al trabajo y resulta que terminé llegando a pie.

Cada vez que lo recuerdo me convenzo más de que esa teoría del pie izquierdo sí existe. A eso de las 9 de la mañana le hice parada a un taxi para que me llevara de Altamira a Carretera Norte, donde queda el periódico en que trabajo.

Bien, el primer intento fue fallido porque el taxi vacío que detuve no tuvo ganas de hacer el viaje. El segundo, un taxi blanco, placa 00173, conducido por un señor bien gordo que llenaba todo su asiento y más allá, ofreció llevarme por 10 córdobas más de lo que siempre pago.

Ante mi rechazo, el viejo aceptó. En ese taxi yo era la única pasajera, sin embargo, minutos después el pánico comenzó a poblar mi estómago.

El teléfono celular del taxista suena. El tipo contesta la llamada y responde cada pregunta de la otra persona, dando cada “santo y seña” de por dónde está, con quién está y hacia dónde va.

Lo primero que pensé fue, “puta, ya me asaltaron como a Eduardo”, un colega al que asaltaron abordo de un taxi, a la misma hora, un día que iba rumbo al mismo periódico que yo.

Pero bueno, todavía mi positivismo tenía una reserva. El taxista dijo a su interlocutor que le “iba” a pedir el favor a la pasajera para pasar “trayéndolas”.

Por supuesto que cuando el taxista decidió preguntar “por casualidad le molesta que me desvíe un par de cuadras”, ya había girado en la dirección que le convenía a él. La pasar por la rotonda de Cristo Rey, giró hacia norte bajo la promesa que las personas que recogería estarían “sobre la pista”. Pero en realidad estaban en una de las tantas cuadras del famoso y peligrosísimo barrio Jorge Dimitrov.

En ese momento yo no tenía más que aceptar lo que fuera a pasar. No tenía opción. Si me bajaba en ese barrio, seguro me asaltaban y quién sabe cuántas cosas más. Y si me quedaba en el taxi, correría la suerte que tenía que correr.

Con suerte no me asaltaron, pero el retraso para llegar a mi trabajo sumaba diez minutos más, tiempo que tardó el taxi en pasar “sobre la pista” “trayendo” a tres mujeres, dos niños y un adolescente que me obligaron a pasarme en el asiento delantero mientras ellos en embutían en el asiento trasero del vehículo.

Bien. Los nuevos pasajeros que no pagarían la carrera por cuestiones de amistad, fueron la prioridad para el conductor. A paso de tortuga, manejando como si iba operado, finalmente llego a su destino, un centro de salud. A continuación, la siguiente parada sería La Prensa, pero antes el tipo intentó socializar conmigo trayendo a plática el tema más absurdo que se le pudo ocurrir.

-¿Qué te echás en el pelo?¿Usás crema?

-ajá, le dije para no parecer anormal pero dejar claro que no me interesaba platicar con él, pero no funcionó.

-¿y qué crema usás, Sedal?

-…. viendo hacia la calle mi respuesta fue el silencio.

-ah, no jodás, de qué te sirve ese orgullo si los mismos gusanos que me van a comer a mi te van a comer a vos. El orgullo no te lleva a nada…..

-sabe qué, deténgase. Aquí me bajo.

Con toda la chicha del mundo le pagué, me bajé y tiré la puerta. Con lo pacífica que suelo ser esa fue mi mayor muestra de rechazo ante el doble y hasta triple abuso de un taxista al que le pagué el precio justo por un servicio que al final no recibí.

Después de pensar en una buena lista de verbos que debí haberle recitado, me digné a caminar más o menos un kilómetro, la distancia que hacía falta para llegar a mi destino.

Pero resultó peor. Yo que quería tratar de relajarme caminando y llegar con la mente despejada a mi trabajo, terminé enojándome mucho más por los tanto “adiós amor”, “flaquita rica”, “qué lindos esos colochos”, y muchas otras cosas que me da asco escribir en este post.

Hoy concluí que el algunos hombres no han superado su lado cavernícola, y que muchos taxistas además de cavernícolas se encargan de aumentar la desconfianza que tenemos hacia ellos. Si no son ladrones, abusan de la confianza que los pasajeros depositamos en ellos. Creen que porque sos la única persona con la que van compartiendo el vehículo, tenés la obligación de hablarles. Por eso, después se quejan que a la gente ya no le gusta usar sus servicios y que el trabajo “está malo”.

Fotografía tomada de www.citytoursmanagua.com

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Un comentario en “Un terrible viaje en taxi

  1. Hoy me levante temprano, fui a correr y todo iba bien hasta que recibí una llamada de la madre de mi hijo hablando puras pendejadas y me arruino una mañana que había empezado excelente.

    Pero esta crónica o historia si que me a sacado las lágrimas de tanto reír, como uno se siente tan identificado con esto que cuando le pasa a uno, ni ánimos de reír, pero cuando escuchas o lees lo que le pasa a otros, si que te levanta el animo y te das cuenta que tu percance de la mañana no es nada LOL.

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